Mirta Colángelo Cultura

Fecha: Viernes, 5 Noviembre, 2010 - 00:00

Susurrando poesías

Susurrar poesía es como lo que dice la poeta norteamericana Emily Dickinson:
 
 Habito la posibilidad
 una casa más bella que la prosa
 más grande en ventanas
 superior en puertas.


Un tubo de cartón, dos personas y un poema. Los elementos necesarios para trasportarse a lugares soñados, sin moverse del lugar.
Esa es la función de los susurradores de poemas, que susurran piezas literarias al oído de las personas por medio del “susurrador”, una nueva intervención artística que llegó a la ciudad de la mano de Mirta Colángelo.

Mirta Colángelo es educadora por el arte. Coordina talleres de escritura creativa destinados a niños, niñas, adolescentes y adultos, y realiza tareas de animación de la lectura. Es narradora oral. Como tallerista del Plan Nacional de lectura trabaja con docentes de todo el país. Ha participado de jornadas y congresos nacionales e internacionales presentando ponencias y dando conferencias en el país y en el exterior. Tiene publicaciones sobre su especialidad y ha recibido numerosos premios. Entre ellos, el Pregonero a Especialista otorgado por la fundación El Libro. Fue cofundadora y jefa de redacción de la Revista VOX. Arte+Literatura.
La noticia de “Les souffleurs” llegó a manos de Mirta en agosto del año 2007: “Mi amigo el artista Juan Lima me contó acerca de una experiencia que se estaba llevando a cabo en Francia desde el año 2001. Un grupo de artistas integrado por poetas, músicos, teatreros y plásticos, pensando en la necesidad de desacelerar la locura del mundo, salieron a las calles de París a susurrar poesía. Inicialmente lo hicieron en ámbitos académicos pero, dada la buena recepción, lo popularizaron. Están haciendo intervenciones poéticas, en plazas, subtes, recitales y en otros espacios”.
El grupo, denominado “Les souffleurs” -susurradores- utiliza tubos de cartón o de fibra pintados de negro de un metro sesenta de largo aproximadamente. Ellos mismos se visten de negro y a veces se ponen sombreros y usan grandes paraguas debajo de los cuales les susurran a los niños.
“La idea me pareció fascinante. Desde fines de ese invierno empecé yo también a susurrar. La primera vez lo hice en la apertura de una muestra en el MAC. Dado que coordino talleres de poesía en la ciudad y en todo el país, decidí acercar la idea a otras personas. Fundamentalmente lo hago con docentes de todos los niveles, bibliotecarios y animadores de lectura”.

Susurrar para soñar
La acción de susurrar es, según Mirta, la pretensión de ralentizar el tiempo. Una irrupción poética en el espacio público invita a detenerse en este mundo apresurado para disfrutar de la palabra. Y dado que en esa ceremonia íntima se establece un vínculo lúdico entre el que susurra y el que es susurrado, la posibilidad de llegada aumenta, genera placer y enciende el deseo de tomar contacto con otros textos poéticos.
Inasible, indefinible, la poesía es un modo de conocimiento que elige o permite una forma de aproximación oblicua hacia lo que convenimos en llamar mundo. Desconfía del razonamiento, se opone a las demostraciones, las explicaciones que se dan no la manifiestan. Está emparentada con lo abierto, con la posibilidad.
La elección de los poemas para susurrar es personal. Quien se haya decidido a susurrar seguramente es un buen lector de poesía y sabrá seleccionar.
La única condición es elegir textos breves y de ser posible susurrarlos de memoria. “Pero ha sucedido que muchos de los que susurran inventaron interesantes estrategias: un grupo de muchachos de San Nicolás agregó a los susurradores una especie de pequeño atril de alambre donde ponen los textos y pueden leerlos. En muchos espacios donde se trabaja con niños las producciones de los talleres de escritura creativa, coplas, poemas breves, son las que se susurran”.

Susurros viajeros
Le consultamos a Mirta hasta dónde ha llevado sus susurros y transmitido esta experiencia que cuando te llega, no se olvida: “En estos años he recorrido parte del país y en los encuentros de capacitación que he coordinado siempre llevé mi susurrador e invité a los participantes a sumarse a esta práctica. Muchas veces llevé susurradores de regalo que siempre fueron recibidos con alegría”.
Ha susurrado en muchos espacios de la ciudad, en escuelas y jardines, en ferias y mercados, a los taxistas y a músicos callejeros, en ferias del libro, por compartir algunos.
Ha realizado intervenciones poéticas en seminarios y congresos nacionales e internacionales en las que participaron grupos numerosos integrados por hasta 50 susurradores.
“Las experiencias vividas son muchas; las anécdotas, riquísimas. Estoy llevando un registro con la intención de hacer una publicación agregando las formidables imágenes que estoy recibiendo. En cuanto a la recepción puedo decir que la gente acepta la invitación de ser susurrado, agradece; las caras denotan emoción, se distienden”.

Susurros argentinos
Los susurradores fueron transmitiendo su experiencia extendiendo en estos casi tres años la práctica a todo el país.
Para citar ejemplos, está el caso de Celeste Agüero, de la Biblioteca Alfonsina Storni, de Córdoba. Ella ha formado un grupo con estudiantes de la Licenciatura en Letras y suelen hacer intervenciones en las calles de la ciudad. Susurraron en bancos y en los tribunales cordobeses.
En Rosario, los susurros fueron iniciados por el Espacio de Literatura Infantil y Juvenil, por Liliana Quillay de la agrupación Chicos, y por Claudia Martínez de la Biblioteca La cachilo, todos ejemplos de trabajo con niños y niñas en situación de calle.
Para el sur, un grupo de docentes y alumnos y alumnas de Conesa y de Comodoro Rivadavia; y Analía Rocha y Verónica Tonelli, de San Nicolás.
“Esta última, artista plástica, me ha preparado susurradores especiales, verdaderas obras de arte, para susurrar poemas de algunos autores que amo mucho. El poeta Silvio Tejada y un grupo de escritores jóvenes con los que estuvimos construyendo susurradores en Santa Rosa realizan intervenciones en las que agregan altavoces. Contrastan el susurro con el poema en otra gradación de sonido”.
Gabriela Pesclevi y el grupo La grieta de La Plata ha agregado rostros a los susurradores. En Mendoza en varias bibliotecas reciben a los niños susurrándoles.
En Buenos Aires, Daniela Azulay y Florencia Corpa del grupo La Vereda, atienden en la biblioteca a cartoneros y sus familias en el barrio del Once.
Mary Pintos y Ángeles Larcade Posse del grupo La chispa, trabajan con niños y jóvenes en situaciones de crisis.
“En Bahía Blanca, en la Casa del Niño de Villa Rosas, donde a través del programa ‘Placer de Leer’, pudimos llevar adelante una seria tarea de capacitación de los docentes, y crear y equipar la Biblioteca Pan y rosas, es de destacar el trabajo de la entusiasta Sabrina Funk. Un grupo de chicos susurradores dicen sus propios textos y salen a las calles del barrio o van a otras instituciones a echar a volar la poesía en el oído de la gente. Inolvidable una visita que realizaron recientemente al Hogar del Anciano”.

Autor: Redacción EcoDias