Porque no engraso los ejes…
El
traqueteo me fue adormeciendo, hasta que en un momento indeterminado me dormí.
De pronto me encontré viviendo en una especie de sociedad virtual o si se lo
prefiere en una de ficción guionada, como un unitario de televisión. Era el
futuro, el siglo XXI, viajaba en una cuasi nave espacial colectiva, de un
brillante y furioso color rojo, sus asientos eran butacas muy mullidas -first class-, ultramodernas; las
frecuencias entre uno de estos transportes con el siguiente era de unos pocos
minutos, ocho, tal vez diez, pero no más, ya que sino recibían fuertes sanciones
por parte del gobierno de la ciudad; lo único que faltaban eran azafatas que sirvieran
cafés, masitas dulces y sanguchitos de miga. Aquellas personas que tenían
problemas de movilidad con sólo acercarse al cordón de la vereda y dando un
pequeño paso podían subirse a este transporte público gracias a los
pisos-super-bajos. No estaba solo, varios me acompañaban, todos con destinos
desconocidos por mí.
Un salto por culpa de un bache me despertó, estaba yendo a trabajar en una de
las “modernas” unidades que la empresa Plaza
había traído a la ciudad de Bahía Blanca
Recordé que hace unos años nos dijeron que el futuro era hoy, que el antiguo
sistema de transporte público era insuficiente, inadecuado, ineficaz, que no
era lo que los bahienses merecíamos. Y, además, que la solución venía de la
mano de unos colectivos rojos, ultramodernos, cuyas frecuencias iban a ser de
ocho, o a lo sumo diez minutos… Uy, ¡cómo en el sueño! Ahí nomás, se terminó la
virtualidad, y la realidad me pegó un cachetazo.
Con el paso de unos pocos años, los bahienses vimos como paulatinamente el
siglo XXI se desvanecía y fue dejando paso al pasado, que se suponía ya pasado
y no futuro, ¿no? Los coches último modelo dejaron paso a los modelos de
última. Los pisos súper-bajos ahora miden 30/40 centímetros de altura cada uno.
Las roturas y hasta los incendios de las unidades se hicieron comunes.
- ¡Qué vuelva La Bahiense! -ironizó
un pasajero. Sí, y la González
también -retrucó una señora sentada en el último asiento.
- Mi abuelo, de ochenta años, estaba chocho con los pisos súper-bajos, pero
ahora, con estas catraminas está superfeliz, ya que de tanto subir y bajar los
escalones súper-bajos está entrenadísimo y piensa en ir a hacer trekking a
Sierra de la Ventana -agregó un chico con la ironía reflejada en su casa.
- Sabe qué pasa -dijo uno que iba parado estrujado por otros varios que también,
claro, iban parados- nos terminamos acostumbrando a que lo anormal se convierta
en normal, por ejemplo, ahora es “normal” esperar media hora a que pase el
colectivo, y en algunos casos más.
- Suerte que nosotros no tomamos el “rondín”, sino todavía estábamos esperando.
- Para mí que los del Polo Petroquímico largan anestesia por las chimeneas y
estamos medio atontados, por eso no reaccionamos -dijo la señora del último
asiento, mientras se iba parando para bajarse.
- Pero qué tiene que ver una cosa con la otra, además es vapor de agua lo que
sale de las chimeneas -le expliqué ingenuamente.
La señora me miró, arqueó una ceja, se pasó la mano por el pelo y a
continuación lanzó una estruendosa carcajada: “¡Qué buen chiste que dijo!”. Se
bajó en la Plaza Rivadavia, la vi por la ventana y aún se estaba riendo
mientras caminaba.
Me quedé pensando. No entendí cómo fuimos saltando de un tema al otro, y menos
la reacción de la señora, si no tienen nada en común Plaza con el Polo… ¿o sí?
Toqué el timbre para bajarme en la siguiente parada y el chofer me preguntó a
grito pelado:
-Hey, jefe, ¿dónde quiere que le deje el eje trasero del bondi?

