Juicio a represores Derechos Humanos

Fecha: Lunes, 29 Agosto, 2011 - 11:54

La masacre de calle Catriel

La última testigo de la mañana del martes 23 de agosto fue Susana Matzkin y con ella comenzó el juzgamiento de lo que se denominó “La Masacre de calle Catriel”, los hechos del 4 de septiembre de 1976 y los asesinatos de su hermana Zulma, a Juan Carlos Castillo, Pablo Fornasari y Mario Manuel Tarchitzky.

En su declaración, Susana Matzkin hizo una reseña de cómo su familia sufrió hostigamientos y allanamientos a partir del año ‘73 en la localidad de Pehuajó, intensificándose éstos en 1975.
Su hermana Zulma, quien fuera militante de la Juventud Universitaria Peronista y a través de ésta trabajaba en el barrio 17 de Agosto, arribó a Bahía Blanca en 1968 terminando la secundaria en la Escuela Normal e iniciando la carrera de Economía en la UNS.
El 19 de julio de 1976, un día después de festejar su aniversario de casamiento con Alejandro Mónaco, quien luego desapareció, Zulma cumplía su horario corrido de trabajo en la multinacional SIKA. Allí habló por teléfono con su suegra, que como todos los días la había llamado para saber qué quería comer. Fue su cuñado quien luego le llevó la comida, pero se encontró con la preocupante sorpresa de que la oficina estaba cerrada. Por la tarde, el gerente de la firma encuentra un papel con la letra de Zulma que decía que se retiraba porque estaba descompuesta. El gerente da aviso a la familia y es allí, dijo Susana, que se dan cuenta que a Zulma la habían secuestrado.
De esta manera comienza un largo peregrinar por parte del padre de Susana y Zulma, Francisco Matzkin, quien intentó hacer la denuncia de la desaparición, pero no le era recepcionada. Finalmente, le aceptan una denuncia por averiguación de paradero, en la cual la declaración de Francisco fue falseada por la policía. Entre otras cuestiones, la policía había hecho hincapié en que Zulma era de religión israelita.
Además de contar cómo un camión del Ejército se llevó las pertenencias de Zulma y su marido de la casa que compartían, que también fue dañada, Susana Matzkin relató que ante la falta de respuestas decidieron consultar al médico de la familia que trabajaba en el Batallón 181 y quien quedó en avisar en caso de tener noticias.
Finalmente el 21 de septiembre, Susana se entera que el cuerpo de su hermana estaba en la morgue del Hospital Municipal. Allí, Francisco Matzkin reconoce los cuerpos de Zulma y Mario Manuel Tarchitzky, comenzando un nuevo peregrinar, esta vez para poder retirar el cuerpo de su hija. En la Policía Federal le preguntan sobre la religión de Zulma y le dan un papel en el que decía “israelita”.
Zulma Matzkin, declaró Susana, estuvo secuestrada en “La Escuelita” en donde varias personas la vieron con vida. Entre ellas mencionó a tres chicas que declararon en el Juicio por la Verdad e incluso una fue obligada, por alguien apodado “El zorzal”, a un careo con Zulma.
Susana agregó que a su hermana en “La Escuelita” la apodaban “turquita” burlándose del origen de su apellido. También señaló que los doctores Hipólito Solari Yrigoyen y Mario Abel Amaya compartieron cautiverio con Zulma.
Susana también habló sobre el horror posterior que siguió viviendo su familia, el asesinato de su cuñado Alejandro quien había desaparecido luego de que Zulma fue asesinada, y de las secuelas que dejó la tragedia vivida. Consultada sobre los motivos de tanta persecución, Susana manifestó que porque eran militantes de la JP y se los perseguía por su compromiso social y su decisión de cambios, pero además por “el apellido que yo porto”, en relación al origen del mismo.

La mentira del enfrentamiento
Ese mismo martes, pero por la tarde prestó declaración Juan Oscar Gatica.
Gatica era militante peronista y fue por esa razón que conoció a Pablo Fornasari y Juan Carlos Castillo, víctimas de “La masacre de calle Catriel”. Al ocurrir los hechos, formaban parte del Partido Peronista Auténtico.
En el mes de junio de 1976, Castillo manejaba una camioneta acompañado de Fornasari y Gatica en la cual se dirigían a Bahía Blanca. En un sector próximo a la ciudad tuvieron que parar debido a un control del Ejército y un suboficial los demoró debido a que Castillo figuraba en una lista de nombres que el efectivo traía consigo. Luego llegó un militar que los aparta de otras personas demoradas y comienza a interrogarlos a los gritos. Se trataba del capitán Otero, a quien Fornasari conocía del servicio militar.
Finalmente, los tres militantes son detenidos y trasladados a un calabozo con tres celdas ubicado en el V Cuerpo de Ejército. Cada uno quedó con los brazos en alto, custodiado por un militar y un perro: “A cada movimiento que uno hacía para estirar los brazos, se venían los perros encima”.
Momentos después, en la jefatura, Otero vuelve a interrogarlos sobre qué hacían ahí y hacia dónde se dirigían para volver a ser llevados a las celdas, esta vez sin la custodia antes mencionada.
 “Era un viernes”, dijo Gatica quien declaró que al otro día les dieron mate cocido con pan y se llevaron los colchones y frazadas que les habían dado. Entre las 8 y 8.30 de la mañana, varios militares ingresaron preguntando por Castillo a quien finalmente esposaron, le vendaron los ojos y se lo llevaron: “A Castillo no lo vi nunca más”.
Los dos militantes que quedaron siguieron recibiendo el mismo trato hasta que el día domingo los meten en otras celdas donde había más personas, con las que pudieron hacer contacto e incluso dejarles mensajes para sus familias. Luego, Gatica y Fornasari volvieron a sus celdas originales.
Un día después el capitán Otero los interroga nuevamente: “Me llamó la atención que había un fotógrafo que nos sacó fotos pero también preguntaba, interrogaba”.
Allí se les prometió la liberación luego de firmar que no habían sido maltratados. Sin embargo, pasada una semana, Fornasari y Gatica seguían igual. En ese periodo enviaron cartas a sus familiares a través de un soldado y pensaban en dos opciones: la liberación definitiva o la liberación seguida de muerte: “Estábamos casi convencidos de que íbamos a salir”.
Detalló Gatica que en una oportunidad les metieron en la celda a un soldado que estaba borracho, que dijo que trabajaba en un horno de ladrillos del V Cuerpo y que cerca de ahí había gente presa.
Finalmente, llegó el viernes y Pablo Fornasari vivió la misma situación que Castillo. Según Gatica se lo llevaron con mucha violencia ya que se resistía: “A mí me despertaron y me pidieron un cigarro para Fornasari, y no lo vi más”.
El sábado fue el turno de Gatica. Lo vendaron y lo llevaron a un lugar donde fue golpeado, torturado e interrogado con preguntas tan absurdas como “¿cuándo lo van a matar a Videla? o “¿dónde está López Rega?”.
A diferencia de sus compañeros, a Gatica lo devuelven a su celda a la cual esa tarde entró una persona que él ya había visto juntando basura en el cuartel y que usaba una gorra vasca de cuero. Esa persona se quedó junto a otra y Gatica dentro de la celda hasta que finalmente lo sacan, lo vendan y lo trasladan a otro interrogatorio.
Ya encerrado de nuevo, Gatica reconoce a monseñor Ogñenovich e intentó recibir de éste, a través de un soldado, algún tipo de ayuda pero fue en vano.
Días después, en la jefatura Otero le repite que lo van a liberar. Gatica firma una planilla pero no dijo ni preguntó nada. Según comentó, también estaba el fotógrafo que siempre preguntaba. Luego de una noche más en la celda, Gatica fue liberado.
Gatica se fue hasta el centro en colectivo, y de ahí fue y vino varias veces a la estación de trenes para despistar en caso de que lo siguieran. Después, pudo ingresar a su casa por el fondo, vio una de sus cartas bajo la puerta, tomo una bicicleta y se fue.
En su declaración, Gatica señala que se entera por la radio y los diarios que Fornasari y Castillo habían muerto por enfrentamiento con las fuerzas públicas: “Yo tengo que decir que ellos fueron presos, llevados para otros lugares de detención en distintos momentos, puedo garantizar que fue un enfrentamiento fraguado. Las otras dos personas que murieron con ellos no las conocía”.
La historia de Gatica no termina allí. Ya en La Plata su esposa es secuestrada y dos de sus hijos fueron apropiados. Recién ocho años después Gatica y su mujer, junto a Abuelas de Plaza de Mayo, logran recuperar a sus hijos. Es el único caso del país en que los papás de chicos apropiados por represores, permanecieron con vida.

Autor: Redacción EcoDias