Corredores del viento Cultura

Fecha: Domingo, 12 Febrero, 2012 - 08:52

Huacuvu para todos

Un gualicho vaga esparcido por el suelo de este pueblo: cuenta la leyenda que una mujer, despechada por la muerte de su hombre a manos de un milico de frontera, condenó al lugar y a sus habitantes, invocando a Huacuvu, a una maldición de mil años.
¿De dónde viene aquella sentencia? ¿Qué mezcla de dolor, traición y venganza arrastra este cóctel mortal servido en una pulpería y que todavía estamos degustando?

Llanquetruz, teniente coronel
El barítono despliega su caudalosa voz sobre las tablas, imitando a un trovador en lengua italiana, que resuena armoniosamente al interior del inmenso teatro. Enfrente, en una de esas fulgurantes butacas, se duerme placenteramente el teniente coronel José María Bulnes Llanquetruz, hasta que su propio ronquido le cortó el sueño. Maldijo en tehuelche mientras se despabila y se estira algo despreocupado las mangas de su flamante chaquetilla azul.
Previsiblemente, los banquetes y ceremonias huincas lo aburren hasta el cansancio pero estas formalidades venían en el combo de uniforme, sueldo y cargo del ejército nacional que compró en 1857 cuando entró en negociaciones con las autoridades porteñas.
En su sueño crece en espirales polvo y humo que se funden en un griterío infernal mientras danzan en rodeos las vaquitas con vestimenta de soldado y rostro cristiano. Al centro de aquella fanfarria, un indio escupe alcohol y hace arder una pila de quebrachos.

La frontera mestiza
Nació pampa, hijo de cacique tehuelche, bajo una buena estrella pero fugaz. Eran tiempos revueltos entre las tolderías y en una incursión de pehuenches, lo toman cautivo y lo venden en tierras trasandinas junto a una tropilla de vacunos. Dicen que de allí le quedó el nombre cristiano, aprendió las primeras letras y supo que la pluma del huinca puede esconder la palabra del que habla.
Cuando parecía que ciertas costumbres lo habían enlazado a la civilización, se dio a la fuga con un puñado de hermanos, cruzaron la cordillera y anduvieron errando por mesetas y valles, dueñas del viento, hasta que se unieron a las huestes del hombre más fuerte entre las naciones indias: Calfucurá.
Su talento y ferocidad para negociar o presentar batalla lo posicionaron cerca del gran capitán. Tanto que se casó con una de sus hijas. Pero en sus virtudes reposaba el celo de Calfucurá: cuando tramó eliminarlo, Llanquetruz y su gente evitaron la trampa. Desvinculados, ya no eran socios ni enemigos, alguna que otra vez las fatalidades de la frontera los encontraría enfrentados.
La buena fortuna acompañó a Llanquetruz durante un largo tiempo: sus tolderías vagaban por las llanuras, las sierras o las riberas del Río Negro o el Limay. Tenía un hermano de sangre en los alrededores del Carmen y otro al pie de la Cordillera. A fuerza de comerciar y malonear, el camino de la rastrillada a Chile se volvió un hábito rentable. Supo aliarse circunstancialmente con parcialidades ranqueles, manzaneras o tehuelches. En su oficio de capitanejo, de matar o morir, más de un soldado se la tenía jurada.

La paz es un lugar
Cuando firmó la paz con el gobierno de Buenos Aires, tanto unos como otros, querían sacarse de encima a Calfucurá. Y para ratificar esta alianza, lo mandaron a buscar al Carmen, pueblo en el que finalmente se asentó y conocía de entrar a malonear. Durante la travesía, Llanquetruz sueña con polvaredas de humo, bocas echando fuego y minotauros criollos.
Allí lo reciben a toda orquesta y lo ensalzan y abarrotan de cortejos oficiales y formalidades urbanas: asiste a la asunción del nuevo gobernador, a un acto del 25 de mayo y finalmente lo invitan al Colón.
La paz se traduciría en sueldos del ejército para él y sus escoltas, en ropa, yerba, tabaco, alcohol y azúcar para sus tolderías y en una alianza estratégica contra Calfucurá. Sin embargo, a partir de aquí, todo se precipitaría y las mieles de lo que vendrá no se alcanzó a degustar.
Le gusta lucir el ropaje cristiano y la ginebra y las empuñaduras de plata lo pueden.

La última curda
La última vez que tuvo aquel sueño, en el final no escupía alcohol sino sangre. Impaciente y aturdido, se lo contó a su mujer, que entendida en las artes de la adivinación, le pidió suspicacia frente a los cristianos.
Un viajero chileno -Cox- que andaba de paso por aquí nos relata su final: “… dejó la vecindad i se fue a vivir cerca de Bahía Blanca (…) Allí había un destacamento de soldados argentinos (…) que ardían por vengar la muerte de sus hermanos. Todos los días regalaban aguardiente (…) que concienzudamente se emborrachaba como verdadero hijo de la pampa. Un día que todos estaban ebrios hasta la muerte, los soldados asesinaron a Llanquitrue…”.
Las autoridades atribuyeron la muerte a un paisano suyo, a una reñida interna. Muerto el capitanejo, y evitar un alzamiento seguro, lo despidieron pomposamente con honores fúnebres como requería un oficial de su rango.

Autor: Por Esteban Sabanés