DDHH y Memoria Opinión

Fecha: Viernes, 7 Octubre, 2011 - 17:55

El arte como impugnación del silencio

Todos sabemos que el miedo cala hondo e inmoviliza. Aún hoy, cercanos los 30 años del retorno de la democracia, a muchas personas, grupos e instituciones todavía les cuesta hablar sobre las víctimas del terrorismo de Estado en la Argentina: chicos y chicas que conocieron, con las que compartieron escuela, partidos de fútbol, aventuras adolescentes, amores. Esto sucede en nuestro país, así como en América Latina donde, bajo gobiernos democráticos, comandos parapoliciales siguen asesinando a quienes luchan por distintos derechos, provocando un silencio que pone en huelga a la palabra, silencio de muerte, silencio con el cual el arte como escritura, ha logrado convertir en reflexivo para relanzar la palabra.
El sábado 8 de octubre, en nuestra ciudad, en el terreno del Grupo Scout San Pío X fue inaugurado un mural sobre cuatro jóvenes víctimas del Terrorismo de Estado: María Clara Cioccini, Elizabeth Frers, Horacio Russin y Eduardo Ricci. El silencio del terror nuevamente fue impugnado para dar lugar al silencio reflexivo y la palabra. Acto que busca inscribir nuevamente la ausencia pero ya no desde el terror de la muerte, sino desde un relato sobre la vida.
Es importante encender la luz para disipar fantasmas del pasado y del presente. Algunas personas y medios de comunicación han querido instalar que juzgar criminales de hace tantos años o hablar de adolescentes y jóvenes que fueron parte de nuestras comunidades, escuelas, barrios, en síntesis, de nuestra historia, no es conveniente. Es como si se pensara que la memoria fuese una especie de capricho de los familiares de las víctimas, perdiéndose la dimensión de que todos fuimos víctimas del terror y que el juicio y la condena es una condición necesaria -aunque no suficiente-. En los pueblos que han sufrido este tipo de tragedias, encontramos que muchas personas luego de pasados muchos años se animan a hablar de lo horroroso, aquello que estaba destinado al silencio, que el terror pretendía fuese palabra muerta. 
En el acto de inauguración del Mural, estaban presentes familiares, amigos, conocidos, gente que había oído sobre ellos, pero también muchos niños y jóvenes. Pensaba: ¿cómo explicarle a un adolescente y joven de nuestro tiempo qué ocurrió en esa época en nuestro país? ¿Cómo contarles que hubo un momento histórico en el que las personas queridas o conocidas dejaban de estar con nosotros? ¿Cómo explicarles que por manifestarse reclamando derechos alguien podía “desaparecer”? ¿Cómo explicar que mucha gente se quedó esperando a sus hijos llegar a casa, y al salir a buscarlos la única información que obtuvieron es que se la llevaron en un auto que paró a la salida del trabajo? Dos actos de suma perversidad caracterizarían la dictadura del 76-83: la desaparición forzada de personas y la apropiación sistemática de bebes.
Quizás a nuestros adolescentes y jóvenes de la actualidad les resulte difícil entender qué es esto de la “desaparición”… Podría pensarse como llegar a casa y que las personas que más queremos no estén… Primero, esperamos un poco, nos inquietamos y luego de un tiempo salimos a buscarlas y no podemos encontrarlas… Algunos dicen que están aquí, otros que allá, que se fueron del país, que se están escondidos dentro del país, se comenta que murieron, el rumor es que están encarcelados… Salimos a buscarlos con las fotos que tenemos, que son las del documento o las de la libreta universitaria… Están en blanco y negro y preguntamos… “¿Ud. no vio a esta persona? ¿No la vio?”. Es necesario saber dónde están, la errancia se hace insoportable y se toma el término “desaparecido” para poder nombrar lo que sucede de alguna manera. Un desaparecido es como un alma errante, que no está ni en un lado ni en otro y sus seres queridos no pueden hacer duelo de quien no se sabe si murió o está vivo, lo mismo sucede con las comunidades donde vivían, con las instituciones en las que participaban, con sus amigos. El acto perverso apunta a inmovilizar no sólo a familiares y amigos, intenta trasladar el terror a lo social, busca impugnar la palabra con un silencio de muerte. 
Quienes en esa época éramos chicos sabemos de la conversación en voz baja, de la maestra que no contestaba preguntas y también de que quien había perdido a un ser querido estaba casi obligado a callar, a hablar con pocos porque “algo habrán hecho”, que iba acompañada generalmente con segregaciones silenciosas. Los familiares tenían que cargar con la búsqueda de los seres queridos y con la dificultad para decir, quizás eso facilitó que se fueran organizando grupos, generando lazos para comenzar a reclamar por sus seres queridos. El silencio de muerte no ganó la partida.
El poder localizar la ausencia en el espacio público se convertiría en una parte importantísima del reclamo, de allí que en la primavera de 1983 surgiera en Buenos Aires un movimiento artístico en el que participaron los artistas plásticos Rodolfo Aguerreberry, Julio Flores y Guillermo Kexel que fue conocido con el nombre del “siluetazo,” que comienzan a pintar siluetas de tamaño natural en los muros y de forma colectiva. En Bahía Blanca fueron realizadas algunas siluetas sobre 1985, por el frente de apoyo a Madres de Plaza de Mayo. Si el cuerpo de alguien presente eclipsa la luz para producir una sombra que permite circunscribirlo, ¿qué ocurre cuando nos encontramos en un muro con la sombra de alguien que está ausente? La silueta puede operar como el revés de un espejo, ya que circunscribe en lo visible un cuerpo invisible que se encuentra más allá. Por medio de este artificio se ubica una ausencia, un vacío que interroga desde el fondo donde somos mirados, quizás por ello se decía “Nos llaman, nos ven, nos gritan”. Una silueta circunscribe un lugar. En tanto borde no hallamos semejanza o desemejanza respecto de la imagen de un modelo, aunque participa de él. De igual manera que en el vacío localizado por el “cuadrado negro” de Kazimir Malévich, el trazado de la silueta por un momento des-vela, de allí el efecto de división para el sujeto que la mira. En la circunscripción de la silueta no encontramos al individuo concreto, tampoco su esencia. El encuentro de la imagen en una pared de la ciudad producía una perturbación: el golpe del negro vacío y la posibilidad de que cualquier imagen ocupara ese lugar, un desconocido, un ser querido, uno mismo: no era un mural cualquiera, imposible no preguntarse sobre lo imposible. El arte impugna al silencio.
La aparición sin vida de algunos de los jóvenes secuestrados ya en los tiempos de la dictadura inicia un proceso de duelo, pero también un necesario reclamo de juicio y castigo a quienes habían cometido crímenes atroces, comenzándose a sumar al término “desaparecidos” el de “víctimas del Terrorismo de Estado”. Pareciera que el pasaje por las oscuras fotos y siluetas permitieron adentrarse en el dolor de la ausencia, siendo el antecedente necesario para poder hacer otra cosa a través de los juicios, como instancia simbólica comienzan a tramitar no solo una causa penal, creer que sólo se trata de eso es equivocarse. No hay manuales ni formas unívocas para saber-hacer con lo que el terror ha producido. Se tratará de invenciones y artificios que permitan a los sujetos intentar hacer algún tipo de escritura sobre lo que les ha sucedido, para no quedar inmovilizados en otro tiempo.
En 2003 otro artista plástico, Jorge González Perrín, realiza su primera pintura en color utilizando la técnica de cuadros de Chuck Close. Hoy junto a un grupo de artistas, entre los que se encuentran Silvina Basualdo, Mariela Bergato, Florencia Buezas, Cecilia Jaime, Silvia Jabif, Liliana Gómez Requeijo, Julieta Mira, Paula Ramos, Marcela Seoane, conforma el colectivo Arte & Memoria que trabajó en conjunto con la Comunidad de “La Pequeña Obra” para realizar un mural en homenaje a tres integrantes de los scouts y una integrante de la guías, inventando un segundo tiempo lógico al de las siluetas, el blanco y negro a partir de la generación de un espacio donde se diga sobre el dolor, pero también sobre la vida.
La desaparición forzada de personas no buscaba solamente desaparecer personas, buscaba desaparecer las ideas en las que se articulan el deseo de las personas, y de allí su acción en el mundo. El trabajo del colectivo Arte & Memoria permite recuperar desde otro lugar a las personas que hemos perdido, pero también su singularidad, sus sueños e ideales. En el proceso de construcción de la obra, sus seres queridos y amigos toman sus fotos, conversan sobre ellos, los recuerdan, cuentan sobre distintos momentos vividos, se emocionan y les dan color a las fotos de acuerdo a su memoria, desatando sus imágenes en blanco y negro del horror que con el tiempo quedó anudado a ellas. El producto será un cuadro inicial que luego será mural, lo vivido por cada uno de ellos será parcialmente transmisible, porque no lo que se experimenta puede transmitirse o decirse…
Si la condición de los duelos es que se realizan partiendo de la ausencia y del ir recordando los distintos momentos vividos y -al decir de Freud- se ejecutan pieza por pieza; quizás en el trabajo artístico se encuentre una manera de saber-hacer con la ausencia, para que las personas, sus sueños e ideales se reconstruyan pintando pieza por pieza, convirtiéndose la imagen en una terceridad entre el ausente y los presentes, inaugurando una posición distinta que opera pacificando el dolor al posibilitar un pasaje por lo simbólico que opera como rasgo separador de la experiencia dolorosa.
Lo que primero fue un cuadro realizado entre los más íntimos, se convierte en cientos de pequeños cerámicos para que los amigos y miembros de la comunidad a la que pertenecieron puedan pintar un pequeño cerámico que conformará el mural a otra escala, generándose a partir de ello una reconstrucción colectiva que articula la intimidad de los mas cercanos con la comunidad de pertenencia. Que quienes escucharon hablar de ellos, los relatos sobre sus vidas, o que simplemente se identifican con sus sueños también participen, abre el trabajo de elaboración a la comunidad pero ya no desde lo traumático de la muerte: se trata de reencontrarse con sus colores, sus miradas, sus sonrisas, sus vidas, sus ideales. 
En la inauguración del mural realizada en el terreno del grupo Scout San Pío X, luego del emotivo acto, familiares y amigos recordaron y rescataron algo singular de cada uno de los homenajeados. No se centraron sobre la muerte, sino sobre la vida. No se centraron en cómo murieron, sino en cómo vivieron. Los que estuvimos presentes pudimos escuchar la construcción de un relato enriquecido y novedoso sobre María Clara Cioccini, Elizabeth Frers, Horacio Russin y Eduardo Ricci.
Nuevamente desde el arte se impugnó al silencio.

Autor: Por Horacio Wild