Juicio a los represores Derechos Humanos
Fecha: Domingo, 8 Enero, 2012 - 20:44Canción de Alicia en el país…
Alicia
Partnoy empezó a militar para difundir todas las atrocidades que ocurrían en la
dictadura militar y porque no quería vivir en un país sin libertad. Ese ideal
le costó su secuestro y no saber de su hija durante largo tiempo.
Valientemente, Alicia brindó testimonio en el juicio contra 17 represores en
Bahía Blanca.
Durante 1977 Alicia Mabel Partnoy vivía en la calle Canadá 240 de Bahía Blanca
junto a su marido Carlos Sanabria y su hija Ruth.
Alicia de 21 años y Carlos de 22 militaban en la Juventud Universitaria
Peronista al tiempo que ella estudiaba Letras en la Universidad Nacional del
Sur. Finalmente la carrera se cerró y a Alicia le quedaban materias libres por
rendir “pero después del golpe militar ir a la universidad se convirtió en algo
muy difícil porque a la entrada de la universidad nos pedían el documento de
identidad, y no sabíamos si estábamos en alguna lista, si nos estaban
buscando…”. Según Alicia “podíamos llegar a desaparecer así que tampoco rendí
las materias en esa época”.
Alicia Partnoy, hoy con 56 años, profesora, escritora y residente en Estados
Unidos, dice que durante los tiempos de la dictadura militar en Bahía Blanca,
ella conocía lo que estaba ocurriendo en el país y que las desapariciones se
repetían: “Yo por eso decidí militar en el momento del golpe porque mi hija
tenía nueve meses y no quería que creciera en un país donde no había libertad”.
Su militancia consistía en la recopilación de datos e información sobre
secuestros, desapariciones y torturas para luego diseminarlas: “Esa era la
única forma de difundir lo que estaba pasando”.
Mucha de esos datos documentados, Alicia los mostró al tribunal que juzga a 17
represores acusados de delitos de lesa humanidad en Bahía Blanca. Lo hizo al
momento de prestar declaración como testigo en la mañana del martes 27 de
diciembre de 2011.
No cuentes lo que viste…
Cuando secuestran a su tío José y a su primo, Alicia decide irse de su casa
por su seguridad y la de su hija. Lo mismo hace en el momento en que se llevan
a sus amigos Néstor Junquera y María Eugenia González de Junquera. Sin embargo,
el 12 de enero del 77 el Ejército golpeó la puerta de su hogar: “Estaba con mi
nena, mi esposo había ido a trabajar”.
Alicia vivía en el fondo y el timbre sonaba insistentemente. Su hija la seguía
mientras Alicia iba a atender la puerta hasta que escuchó golpes muy fuertes:
“El Ejército, abra”. “Me di vuelta, empecé a correr por el pasillo, pensé, dudé
en un instante si llevar a la nena conmigo para saltar el tapial del fondo de
mi casa. Le dí un beso, corrí y salté. Lo último que escuché de ella en los
siguientes cinco meses fue que rompió a llorar. Sentí una bala, sentí tiros y
no supe que había pasado con ella”.
La huida no se pudo concretar ya que en un baldío la esperaban más soldados. La
metieron en un camión, que luego fue a buscar a su marido al trabajo, y ambos
fueron llevados al Comando V del Ejército.
Descalza, Alicia es ubicada en una sala y luego llevada a otro sector donde le
toman declaración: “Escucho la máquina de escribir”. Le pidieron datos de su
militancia que ella negó, y la devolvieron a la sala: “A la tarde me llevan
vendada y esposada en el piso de un auto, parecía un jeep”. Alicia pensó en
tirarse del vehículo pero hubo algo que pesó más para decidir seguir: “El único
motivo por el que no me tiré es porque tenía mis amigos, Néstor y Mary
desaparecidos y tenía la ilusión de que tal vez los iba a ver allí”.
Alicia Partnoy fue trasladada a otro sector en donde los muros llevaban la
inscripción “Triple A”. Ella estaba vendada pero puede observar por debajo de
la venda. La noche la pasó en La Escuelita atada en un colchón mientras
escuchaba gritos que le parecían que era de un animal. En realidad, era su
marido soportando la tortura.
En otro momento, llegó el turno de su propio interrogatorio: “La tortura más
grande que yo sufro es no saber qué habían hecho con mi hija”, narró Alicia
quien señaló que los torturadores le decían que la iban a matar mientras le
traían al esposo totalmente lastimado y le leen el testimonio de una persona
que había sido torturada. Allí, en La Escuelita, Alicia estuvo tres meses y
medio.
Por debajo de la venda, Alicia reconoce a Alicia Izurieta, su mejor amiga de la
UNS con quien, durante el cautiverio, siempre lograba conversar,
Respecto a su hija Ruth, había quedado con unos vecinos, y luego sus abuelos la
fueron a recoger. Los padres de Alicia fueron al Comando, hicieron múltiples
gestiones y presentaron una nota donde piden entrar a la casa precintada de
Alicia para rescatar cosas de Ruth.
Un 22 de abril, sus padres reciben una lista firmada aparentemente por Delmé,
hoy juzgado, que contenía objetos personales y venía acompañada de un monedero.
Alicia mostró la lista al tribunal y pidió entregar los objetos.
Tres días después, el “Mono” Núñez la traslada a Villa Floresta donde pasa 52
días: “Soy una presa sin nombre y una celda sin número” señaló: “A mi entender
yo estaba desaparecida”.
Unas presas comunes y unas monjas deducen que ella era Alicia Partnoy y se lo
comunican, solidariamente, a la familia. En esos 52 días, Alicia trató de
recordar poemas que había escrito antes de su desaparición y escribe unos
nuevos que luego Patricia Chabat recuperará y le entregará.
Alicia y su familia sufrieron en demasía lo vivido. Tal es así que su hermano
se enfermó de esquizofrenia que lo llevó al suicidio y sus padres “están
asustados por mi presencia en Bahía Blanca, tienen mucho miedo de que alguien
me haga algo”.
Estamos en la tierra de nadie…
Según su propia descripción, La Escuelita era una casa vieja, tenía dos
habitaciones donde estaban los detenidos, un hall intermedio con el guardia de
turno, ventanas con postigos y rejas del tipo colonial: “Capaz que los señores a
mis espaldas pueden explicar mejor cómo era el lugar porque están hablando”,
dijo Alicia luego de que se escuchara un irrespetuoso murmullo de uno de los
asesinos imputados.
Respecto a cómo pudo reconocer cada sector explicó: “Tengo una nariz grande,
eso que a uno no le gusta cuando es adolescente, era muy útil cuando tenía una
venda porque es más fácil que se mantengan ciertas ranuras debajo de los ojos”.
Alicia pudo ver las habitaciones, el pasillo, la sala de torturas y por un
guardia llamado Heriberto Lavallén “El zorzal” se enteró de la existencia de
una casa rodante donde habría dado a luz Graciela Romero de Metz.
Alicia pidió al tribunal una pizarra y dibujó un croquis de La Escuelita. En el
gráfico se veía una ventana que, dijo, a veces la abrían: “Un día que me
encuentran hablando con Zulma me castigan haciéndome sentar al sol, con la
ventana abierta hacía mucho calor”.
Alicia habló además de un aljibe donde habían colgado a un detenido y de una
cocina en donde le hicieron lavar una fuente grande de ensalada para poder
asistir al bebé de Metz.
Alicia recordó que, anterior a eso, un supuesto enfermero le había recetado a
Metz que caminara para facilitar el parto. Ella era la mujer que daba vueltas
alrededor de una mesa y que muchos testigos declararon haberla escuchado.
Entre el 16 y 17 de abril, Graciela dio a luz a un varón. Los guardias decían
que ese bebé iba a ser adoptado por uno de los torturadores. Alicia sólo
recuerda al “Tío” y al “Pelado”. Esos guardias también comentaban acerca de que
uno de ellos estaba comprando ropa de bebé.
.Por otra parte, Alicia no pudo ver a sus amigos Junquera pero sí reconoció sus
pertenencias allí. También detalló humillaciones soportadas por sus compañeros
que en algún momento fueron vestidos con ropa de mujer, los manoseos y abusos
sexuales sufridos por las mujeres y hasta el hecho de permitir que dos víctimas
mantuvieran relaciones para que, los represores, pudieran observarlos.
Loro, Bruja, Gato, Vaca, Gordo, Tino, Polo, Turco y Chiche, son algunos de los
apodos de militares que Alicia recuerda y que los documentó una vez en
libertad. Chiche tendría entre 22 y 23 años y era una persona arrogante, segura
de sí misma y convencida de lo que hacía: “Me decía que me iban a hacer jabón
por ser judía”. Chiche le preguntó a Alicia por qué era “subversiva” y ella
dijo que en la universidad uno va adoptando ideas políticas. Chiche le dice que
él fue a la universidad y no se hizo “subversivo”: “Te hiciste facho”, le
respondió Alicia.
Antes de su traslado, a Alicia le dicen que la van a llevar a ver “cómo crecen
los rabanitos”. Esa ironía la hace pensar que el final se acercaba: “Estaba convencida
de que me iban a matar”. Su presunción era equivocada, el traslado era a
Floresta y Alicia seguiría su historia.
Los inocentes son los culpables
Alicia llegó a Villa Floresta muy delgada y desesperada por no saber dónde
estaba su hija. Un tal Farías se comunicó con sus padres para avisarles que
podían visitar a su hija y luego de un tiempo así lo hicieron acompañados de la
bebé Ruth. “Ahí la veo y ahí sé que está bien”.
En esa cárcel permaneció hasta el 8 de octubre de 1977 para luego ser
trasladada en avión a Villa Devoto. Ese viaje duró más de 10 horas ya que
pasaban a buscar a otros detenidos por diferentes penales.
Con la opción obligada de tener que irse del país, Alicia se radica en Estados Unidos
ya que había solicitado ir a España y no se lo permitieron. Ella estaba a
disposición del Poder Ejecutivo por ser “peligrosa”.
En su declaración, Alicia pidió por los hijos nacidos en La Escuelita y de los
que nunca más se supo nada: “Yo no sé… si los señores a mis espaldas tuvieran
información… Pero claro hicimos el Juicio de la Verdad y la verdad la contamos
nosotros”.
Emocionada, Alicia continuó con más palabras referidas al día tan importante
que transcurría: “Hoy es un momento muy especial porque veo la justicia sin
vendas en los ojos, y en Bahía Blanca la justicia sin vendas en los ojos es la
justicia de verdad”.
“La justicia no puede tener venda como nosotros tuvimos”, señaló.
Al final de su testimonio, agradeció al tribunal por la paciencia, la voluntad
y la vocación de justicia. También hizo lo propio con los organismos de
Derechos Humanos, recordó a Ernesto Malisia, a los familiares y “a todo aquel
que ha buscado junto conmigo justicia en estos casos”.
Cuando el fiscal Abel Córdoba le preguntó qué significaban las personas con las
que compartió cautiverio, Alicia dio una respuesta que puso la piel de gallina
a más de uno: “Son mis hermanos”, respondió. Con mucha emoción, Alicia finalizó
su relato. Ella que soportó todo lo vivido en La Escuelita, Villa Floresta y
Villa Devoto; ella que escribió un libro contando todo lo vivido y que
transformó el horror en poesía. La misma Alicia que se vino de Estados Unidos
sólo para declarar en este juicio. Un día histórico vivió Bahía Blanca con el
testimonio de Alicia, su canción y el recuerdo de sus hermanos…
“Sobre el pasado y sobre el futuro,
ruinas sobre ruinas, querida Alicia…” (Seru Giran)
Autor: Redacción EcoDias


