Corredores del viento Cultura

Fecha: Lunes, 8 Agosto, 2011 - 16:46

Calle Sixto Laspiur

El puente Colón le da pie a la calle Sixto Laspiur, arteria que divide el barrio Almafuerte del Noroeste y corre, por muchísimos metros, paralela a las vías del ferrocarril. Es una calle extensa, rápida, que cruza el canal Maldonado hasta volverse tierra a campo abierto.
Pero, ¿quién era Sixto Laspiur? ¿Qué hay detrás de aquel nombre que nos suena tan extraño? Perteneciente a una familia patricia de los tiempos coloniales, tucumano de nacimiento, estudió medicina en la Facultad de Buenos Aires y en 1839, año en que se recibe, decide instalarse en nuestra ciudad.
Bahía era, por entonces, apenas una aldea que contaba con el fortín, un fondeadero, un puñado de casas y de ranchos, y alguna que otra pulpería o casas de ramos generales. Era un territorio de frontera, un espacio abierto al que se acercaban a comerciar las indiadas de las tolderías cercanas.

M’hijo el dotor
Previo a su llegada, cuentan las crónicas, que cuando le restaban un par de años para finalizar su carrera, un amigo de su padre, allegado a Rosas, le envía a éste una carta de recomendación pidiendo que nombre al joven estudiante como médico de Bahía Blanca. La respuesta del gobernador no se hace esperar: “Mi querido amigo por el adjunto oficio del Tribunal de Medicina, verá usted que al joven Don Sixto Laspiur, le falta mucho para ser médico…”.
¿Cómo imaginaría este lugar? ¿Qué motivos habrá encontrado para mudarse hasta acá? Pero sobre todas las cosas, ¿qué clase de equipaje cargaba un hombre de su profesión en aquellos tiempos? Tenemos algo de data: una tijera, pinzas, una suerte de bisturí, una sierra de amputar y un torniquete. ¿Qué más? Alcohol alcanforado, polvo de lino, mostaza molida, sal inglesa, entre varias cosas más.
En 1852, caído Rosas, las nuevas autoridades piden informes a los comandantes de frontera; entre las solicitudes figura el “estado sanitario” de las tropas y de la población en general. De este inventario, en cuanto a los efectivos militares, surge un dato llamativo. De las 46 plazas que habían quedado -el resto había sido enviado al norte de la provincia a enfrentar las tropas urquicistas- más de la mitad eran negros; brasileros y africanos. Sucede que al término de la guerra contra el Brasil esclavista, muchos años atrás, estos prisioneros en vez de repatriarse, prefirieron asentarse en el pueblo.
Pueblo que sostenía un ritmo, al menos dentro de la rutina del doctor, para nada apagado. Según sus mismos informes, día tras día, tenía siempre alguna emergencia que atender.

Último viaje
A la miseria reinante y la falta de higiene propia de aquellos tiempos, se desata en 1856 una epidemia de cólera que prende como reguera de pólvora entre los pobladores y los indios cercanos a la aldea.
La epidemia se extendió durante los primeros meses del año y se fue extinguiendo con los nacientes fríos otoñales. De acuerdo con los conocimientos de la época, el tratamiento aplicado por el doctor Sixto Laspiur y sus auxiliares a los infectados residió en bebidas calmantes para atenuar la sed, baños, fricciones estimulantes y aun sangrías. Necesariamente, los resultados no fueron favorables y la mortalidad, creciente.
De hecho, fue imperiosa la habilitación de un nuevo camposanto para darle un pedazo de tierra a los infortunados que, de a montones, viajaban en los carros del ejército.

Luche y vuelve
Las vicisitudes e intrigas políticas nunca fueron propias de nuestros tiempos: que haya sido nombrado como médico de la aldea por Rosas y que su hermano fuera un reconocido funcionario urquicista, creaba suficientes sospechas para el nuevo jefe de la fortaleza, Pedro Goyena. Insistiendo en que debían sujetarse a la autoridad militar, el médico y el farmacéutico fueron denunciados, sin mucho fundamento, a las autoridades de Buenos Aires y a fines de 1858 son dados de baja. Pero Goyena duró menos que sus propias sospechas y dos años después, Sixto Laspiur, que hasta supo ser jefe de Correos, era designado como Juez de Paz del pueblo.

Autor: Por Esteban Sabanés