Universidad Nacional del Sur Derechos Humanos

Fecha: Domingo, 29 Abril, 2012 - 08:04

“La narración pública alrededor de los juicios tiene que ser constante”

El escritor y director de la Biblioteca Nacional Horacio González dejó sus reflexiones en su paso por Bahía Blanca, en oportunidad de la conmemoración del Día de los Derechos Humanos de la UNS que tuvo lugar el martes 3 de abril pasado.

Como informó EcoDias, el pasado 3 de abril la Universidad Nacional del Sur (UNS) conmemoró su Día de los Derechos Humanos, en recuerdo del estudiante David “Watu” Cilleruelo y de todos los trabajadores, alumnos y docentes que resultaron víctimas del accionar del Terrorismo de Estado.
La grilla de actividades previstas incluyó dos paneles, desarrollados en turnos matutino y vespertino. El primero de ellos, por la mañana y en el cuerpo central de Avenida Alem 1253, estuvo presidido por el rector Guillermo Crapiste y conformado por el escritor y director de la Biblioteca Nacional Horacio González, el sociólogo Fortunato Mallimaci, el ex fiscal Hugo Cañón y el titular del Espacio por la Memoria “Haroldo Conti” Eduardo Jozami. Los visitantes brindaron su mirada sobre el Terrorismo de Estado, la búsqueda de justicia y los aspectos simbólicos que la cuestión encierra.
Luego de la apertura a cargo del rector Crapiste, fue Horacio González quien tomó el micrófono y realizó una lectura sobre la memoria como construcción colectiva y facultad social, nacida desde de arquetipos surgidos a partir de la acción terrorista de un Estado con doble vida: como promotor de las leyes y, al mismo tiempo, violándolas sistemáticamente.
En la Universidad de la que fue actor central y en cuyos pasillos cayó asesinado, Watu emergió con la fuerza de un arquetipo y puntal de memoria en el análisis de González.

In memoriam
“La memoria enhebra, es sorprendente y nos obliga a pensar cuál es el monto o la cantidad de recuerdos que podemos tener, si es que son mensurables. Y, al mismo tiempo, qué clase de incómodo capricho es la memoria, al evocar ciertos nombres, ciertas figuras, y poner en dimensión en la escala de nuestra vida a quienes pudimos no haber conocido y que sin embargo intuimos cómo fue su vida y cómo fueron sus ideas”, abrió el ensayista.
“Vine a este acto sin haber sido de los que conocieron a Watu. Sé lo poco que sé por el viaje en el auto del rector, por alguna conversación con Fortunato Mallimaci y alguna más breve aún con su hermana, el cartel, la foto que está en el hall… Son elementos muy frágiles, casi insustanciales”, reconoció, antes de agregar que “sin embargo, sin haberlo conocido, se puede decir que podemos intuir perfectamente bien las circunstancias de una vida militante, cómo estaba inmersa en aquella época, cuáles eran sus expectativas, sus esperanzas”.
“Y efectivamente, se me dice que era militante del Partido Comunista. Yo militaba en otro sector. Pero la memoria tiene esas argucias: ahora somos iguales, y poco importa el lenguaje que teníamos o las consignas que cantábamos. Pero en ese ‘igual’ falta uno de los términos”, advirtió.
En ese sentido, habló del surgimiento de los “arquetipos”, forjados al calor de la acción terrorista del Estado: el del desaparecido, el del exilado, el del militante que cae en combate, o aquel que sin ser un militante fue atrapado y desapareció o logró sobrevivir. “Por eso, ante nosotros, hoy, aparece un nombre que tiene algo de arquetipo: Watu. Es un arquetipo de un militante de los tantos, comunista y de esta Universidad, y que fue muerto en esta Universidad en un episodio anterior, cuando todavía no estaba montada la gran maquinaria de la represión”, puntualizó.
“Esa gran maquinaria de la represión, que hoy se está investigando, favoreció el hacer de muchas personas desaparecidas un arquetipo. Y les dio esa palabra, precisamente. Fue una maquinaria que no es fácil, hoy, interpretar cabalmente el momento en que se tomó la decisión de forjarla”.
En ese marco, “disponer de los cuerpos era demostrar que había un poder superior al de la vida de las personas: el poder de retirar el nombre, quitarle identidad y no permitir que los familiares puedan tener el evento civilizatorio por excelencia, que es el entierro, el duelo y el nombre vinculado al modo de velar al muerto”.
“Convertir a un Estado en Terrorista y hacerlo decidir la suerte de miles de personas no es fácil. No es fácil matar a alguien, aún para asesinos profesionales no lo es: hay que tomar decisiones inusitadas. Y no es fácil para el Estado montar una maquinaria terrorista y tener una doble vida: la de las leyes y que aquellos que toman decisiones en nombre de ella, las tomen también y al mismo tiempo para la clandestinidad”, reflexionó.
El encubrimiento de la “doble vida” del Estado y la necesidad de narrar en palabras lo sufrido por la sociedad civil “afectó muy profundamente a la vida política argentina, porque afectó su lenguaje y la forma de hablar de estas cuestiones. Y siendo la Universidad el lugar donde se propone el ámbito del lenguaje como reflexión última, afectó muy profundamente a la Universidad. La afectó de una manera decisiva. Por eso es necesario pensar que la UNS no puede ser la misma si no sabe conmemorar y decir las palabras adecuadas en torno a Watu, asesinado en sus instalaciones”.
“En ese sentido, la memoria es un logro de la sociedad y del derecho argentino. Y muchas veces hecho por juristas liberales, a los que tenemos que saludar. Porque eran y son juristas que no tenían compromiso militante, y nada los obligaba a hacer esto. Pero hay algo remoto en el derecho que hace que un abogado, por el sólo hecho de haber pasado por ciertos lenguajes, de algún modo puede revivir en personas de credos liberales que hubieran reprobado esa militancia drástica de los ’70 que muchos intentamos encarar. Y sin embargo muchos de ellos hicieron pasar a la Argentina a una dimensión diferente, la de la autorreflexión, sin la cual no hay ninguna posibilidad democrática”, reconoció.
“Digo esto porque es asombroso lo que ha ocurrido en la Argentina: los militares, policías o gendarmes que están siendo juzgados, son juzgados por el aparato liberal jurídico de la vieja herencia del derecho helénico, romano o medieval. Este actor jurídico, universitario y de conciencia crítica como el que tiene la Argentina, tiene la enorme responsabilidad de desoír aquellos discursos que se quisieron hacer para producir algo así como una nueva sociedad argentina sobre la base de victoriosos que darían su versión del derecho y al mismo tiempo asumir el discurso supuestamente benevolente de un perdón”.
Como ejemplo citó “al discurso de (Emilio) Massera en el juicio a las juntas. Massera percibe esta situación y hace un discurso donde dice que ‘terminada una guerra, todos los muertos son de todos’. Y proponía una suerte de altar de la patria. Pero el gestor iba a ser el victorioso en la guerra, que iba a presentarse como aquel dadivoso personaje que iba a perdonar a los guerrilleros”.
“Esto importa desde el punto de vista de la gran narración pública que debe iniciar la Argentina de estos hechos. Todavía no se han acabado los juicios y la narración pública alrededor de los juicios tiene que ser constante, como lo demuestra este acto aquí”, señaló.
“El político Massera estaba diciendo algo que era muy profundo desde el punto de vista de las fuerzas de la represión: habían comprendido la demasía en que habían incurrido, se habían entendido como asesinos. Y la lucidez del asesino podía llegar al punto de suponer que había una forma del Estado que podía servir de apaciguamiento, quizá de perdón, que era el perdón mismo que él, como victimario, le ofrecía a las víctimas”, interpretó González.
“La sociedad argentina ha demostrado que los muertos no eran de todos, que cada uno debe tener su conmemoración y, al mismo tiempo, que hay una conmemoración colectiva. ¿Cuántos son los muertos, los desaparecidos? La sociedad argentina ha dado un número. Cada uno aporta su memoria en ese número que tiene la sociedad argentina. En este caso, estamos aportando a la memoria de Watu, que no fue un desaparecido y al mismo tiempo los anticipaba y está unido a ellos”, marcó.
El número “siempre tiene una cuota de frialdad. Ese número que adquirió resonancia mitológica: al decir ’30 mil’ no hay por qué abandonarlo, porque estaríamos abandonando la resonancia mitológica que tiene esa cifra, que sabemos bien que puede ser un poco mayor o menor. Pero no tenemos derecho a modificarla”.
El cierre de la alocución de González estuvo marcado por una referencia a uno de sus predecesores en el cargo de director de la Biblioteca Nacional: Jorge Luis Borges. “Quiero recordar cómo interpretó Borges esa cifra. Porque él no tenía por qué hablar tampoco. Y no es que habló porque le habían prometido el premio Nobel. Sería muy bajo decir eso de Borges. Es más correcto decir que fue alguien que nunca interpretó este movimiento y fue su fervoroso enemigo, al mismo tiempo que daba su magnífica literatura”.
“Sin embargo, cuando van a verlo las Madres de Plaza de Mayo, él da otro número. Las Madres le dicen el que se decía en aquel momento y que figura en la Carta de Rodolfo Walsh: 15 mil. Y Borges dice ‘no importa cuántos, un hombre es todos los hombres’. Y en esa frase, que tiene una envergadura bíblica, tenemos también que tener en cuenta cómo los que no tuvieron nada que ver con eso, el gran escritor argentino o el abogado liberal, dieron también su número, una cifra sagrada: bastaba uno, para poder condenar. Y eso es lo que estamos haciendo aquí en nombre de Watu”, concluyó.

Autor: Redacción EcoDias